Voluntariado in-continente

Internacional
"Yo he sido testigo de estas personas: hombres y mujeres esclavos de una búsqueda de coherencia hasta en el más mínimo movimiento", escribe el Director Ejecutivo de América Solidaria Internacional, Sebastián Zulueta. "Las he visto… Y las sigo viendo… y me sigo emocionando".

Entre todas las especies de voluntariado, hay una muy extraña, poco común, delirante. Un voluntariado que, más que una opción, pareciera una inevitable adicción. Sí. Todo un oxímoron social: voluntariado involuntario: hombres y mujeres esclavos de una búsqueda de coherencia hasta en el más mínimo movimiento.

Son protagonistas de lo inexplicable: venden sus casas y todo lo que hay en ellas para tener techo; portan maletas vacías que se llenan con ponchos y faldas futuras; dejan su familia para poder encontrarse con su familia; quiebran el continuo de la vida heredada para continuar su camino; se destierran para para enterrarse en campos desconocidos, sabiendo que son la testaruda semilla que germinará inevitablemente.

Pero no siempre fueron así. Al principio son sólo algunos segundos, juego de niños; luego son horas que muestran la destreza del malabarista; después son días que se esculpen con el oficio del carpintero; de un momento a otro ya son semanas que muestran el trazo único del artista; pero luego son meses, y comienza a sospecharse la locura; finalmente son años y se confirma el diagnóstico: enfermedad crónica que padecerán por el resto de sus vidas.

Yo he sido testigo de estas personas. Las he visto viviendo en las comunidades de Macalajau, comiendo en las chozas alrededor del fogón. Las he visto hacerse parte de la junta de vecinos y organizar obras de teatro en los barrios de Bogotá. Las he visto desarrollando el Plan Estratégico de una gran organización en Guayaquil y, a la vez, limpiar el excusado, barrer la entrada y el salón para la celebración. Las he visto salir de las ruinas de un proyecto que fracasa y de una organización que se cierra en Formosa, sacudirse el polvo, buscar una nueva organización y comenzar alegres un nuevo proyecto. Las he visto irse a paro en Croix-des-bouquets, deteniendo por meses una organización, exigiendo los mínimos para que no vuelva a morir un paciente mientras espera ser atendido. Las he visto en Quito no rendirse a vivir en comunidad, pidiendo perdón y perdonando, para construir la convivencia que es el reflejo de seguir unidos, de no dejar a nadie atrás. Las he visto cómo presionaron para que cambiara la política pública de infancia migrante en Santiago, y también las vi hacer un voluntariado en el tiempo libre que les quedaba de su voluntariado en las afueras de Puerto Príncipe. Las he visto cultivar su propia huerta, reciclar, acoger al vecino, contar su experiencia en escuelas y universidades. Las he visto… Y las sigo viendo… y me sigo emocionando.

Pareciera que no sintieran temor por nada. Pero sí temen. Temen a esa persona que los mira a los ojos con una mezcla de admiración y necesidad urgente y que comienza a esbozar en sus labios un “¿q u i s i e r a s  s u m a r t e ?”. Y es que saben que no podrán decir que no. Y que tendrán que crear una nueva dimensión en el espacio-tiempo, para el nuevo sueño del que son parte incluso antes de responder. Y continuar en esa necesaria simbiosis solidaria que requiere nuestro continente Americano.

Un salud por nuestras voluntarias y voluntarios que este 31 de agosto parten por un año… por una vida… a los distintos rincones de nuestro continente.

Sebastián Zulueta
Director Ejecutivo
América Solidaria Internacional