Héctor Castillo: “El trabajo de investigación debe servir a los grupos humanos más necesitados, los más humildes, los más pobres”

Internacional
En entrevista el investigador y director del Circo Volador aborda la exclusión que viven jóvenes y cómo se gestó el proyecto que busca apoyar su inserción social en México.

Por María José Hess

Para explicar cómo llegó a trabajar con jóvenes y generar el proyecto que recibió el premio de ONU- Habitat a la innovación social, Héctor comienza hablando de su experiencia con la basura. Y es que cuando este doctor en sociología, investigador, músico, autor y periodista debía hacer su tesis doctoral, comenzó a seguir a “don Pablito”, que separaba la basura en los barrios de la facultad.

Así comenzó a trabajar en el negocio de la basura en México, para comprender lo “intrincadas que pueden ser las relaciones sociales que se desprenden del manejo y disposición de los desechos en un país del Tercer Mundo”. Trabajó recogiendo basura, manejando camiones y se fue a vivir a un tiradero o vertedero de basura, para comprender qué sucedía con quienes trabajan y viven alrededor de ella. Lo que descubrió y sacó a la luz, casi le costó la vida.

En tus charlas explicas cómo al trabajar en tu tesis de sociología te fuiste a vivir en un tiradero de basura por meses. ¿Qué significó esta experiencia para ti, para tu manera de comprender las relaciones sociales y la sociología?

Implicó dos cosas: primero, me abrió un panorama de investigación directa con las personas, una investigación de campo. Coincidió que en esa investigación sobre basura no había textos sobre el tema, no había publicaciones que pudiera uno revisar, en ese tiempo la contaminación ambiental no era importante, nadie hablaba de reciclaje de desechos, nadie hablaba del medioambiente, nada de eso existía todavía en mi país.

Arrancar con este tipo de investigación me permitió crear las primeras estadísticas de basura de la ciudad con herramientas muy concretas y básicas pero con un acercamiento que me llevó mucho tiempo: el trabajo de ser barrendero me llevó cuatro meses, ir en el camión otros meses y en el tiradero otros meses. Me llevó un año como trabajador para entender la problemática alrededor de esto, y luego años para desarrollar la tesis.

El resultado es que me dio una visión de la sociedad en su conjunto, o sea, podía yo explicar qué sucedía a través de la experiencia que yo había tenido en la basura. Y esto es lo más importante para mi porque me permitió diferenciar los tipos de lenguaje que se usan, los tipos de personas que podrían estar interesados en esto, fueran los políticos o fueran los medios, fueran los pepenadores o fuera el público en general.

Al terminar el trabajo de investigación pude publicar dos libros. Cuando publiqué el más popular, el que tenía las historias de vida de estos personajes, el día de la presentación del libro, cuando terminamos y ya cerramos el evento, tomé mi coche y ya me iba para mi casa, y unas cuadras adelante se paró otro automóvil, se bajaron dos tipos del automóvil, me bajaron de mi auto, me metieron al otro coche y me acostaron en la parte de abajo. Me empezaron a golpear y me amenazaron de muerte. Me dijeron “te vamos a matar” y me llevaron a un callejón oscuro donde me bajaron y me pusieron una golpiza enorme y me dijeron “es la última vez que escribes sobre basura” y es la advertencia del cacique, del zar de la basura y “la próxima vez ya no lo vas a platicar, te vamos a matar”. Entonces tomé las placas del auto, con la sangre escurriendo y me tardé seis años en saber de quién eran las placas, ¿no? Y las placas eran del Estado Mayor Presidencial.

Entonces, aparte de lo complicado de publicar esto, estaba empezando a afectar intereses de gente que tiene su negocio con esto. Efectivamente dejé de escribir sobre basura como diez años, porque era una situación mortal.

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En tu trayectoria has investigado sobre basura, desarrollo social, juventud y violencia, entre otras temáticas, pero podríamos hablar de un énfasis especial en la exclusión social. ¿Estás de acuerdo con eso y cómo entiendes la exclusión?

Tendría yo que mencionar que mis estudios anteriores a la universidad los realicé en una escuela de hermanos maristas, y que decidí que no iba a ser cura, eso fue bueno (se ríe). Y era la época de la teología de la liberación, o sea, todo el trabajo que aprendí con los maristas siempre estaba relacionado al apoyo de las comunidades más pobres, entonces en la preparatoria me tocó hacer trabajo de campo en comunidades indígenas, en Chiapas, en Oaxaca, en comunidades que tenían incluso latifundios todavía, latifundios de azúcar, latifundios de café y me tocó ver las condiciones de los más pobres.

Entonces cuando estaba en la universidad pensé que el trabajo de investigación debe servir a los grupos humanos más necesitados, los más humildes, los más pobres y de hecho pensé, cuando trabajaba en lo de la basura, que era el último escalón de los mexicanos, ¿no? Pero con los años he visto a otros grupos que están todavía más abajo que los barrenderos. Creo que el tema de la exclusión o de la marginalidad social están presentes en mis trabajos porque me parece que son los grupos que necesitan con mayor urgencia el trabajo de investigación y sistematización de lo que está sucediendo para mejorar o trata de mejorar sus condiciones de vida.

¿Cómo se vincula pobreza, exclusión y violencia? ¿Es la pobreza una forma de violencia?

La pobreza tiene muchas caras, muchas facetas, no forzosamente todas violentas. En la pobreza encuentras mecanismos de solidaridad increíbles, formas de participación e integración muy valiosas. Sin embargo sí la violencia va a aparecer en la pobreza y puede aparecer con niveles mayores que en otros estratos sociales.

Hablemos ahora de los jóvenes. En un contexto completamente distinto, Kapuscinski, periodista polaco, habla de “los otros”, personas que vemos diferentes a “nosotros”. ¿Son los jóvenes los “otros” de nuestras sociedades?

Los jóvenes se estaban matando, había hechos de violencia que estaban en crecimiento, cada vez aparecían más fenómenos de violencia de las pandillas. Entonces para mí los jóvenes no eran “los otros”, los jóvenes eran simplemente un grupo social que tenía una problemática de violencia. No me acerqué a ellos como gente diferente, me acerqué viendo qué estaban viviendo, qué estaba sucediendo, por qué reaccionaban tan violentamente y cuáles eran las características que tenían.

Esta cuestión de la otredad hay muchos investigadores que lo trabajan y teóricamente suena interesante hablar de la otredad y de las identidades pero yo no creo eso. La cuestión de los otros es una excusa teórica, para mi los otros somos también nosotros y todos tenemos problemáticas comunes y todos podemos apoyarnos de una manera sin necesitar de estarlos viendo como otro grupo distinto, son parte de nuestro mismo grupo, simplemente están en ciertas condiciones que los hacen ser diferentes.

En el artículo “Pandillas, jóvenes y violencia” que publicaste en 2004, dices que existen barrios donde la violencia es una forma de vida” y preguntas “¿a qué sociedad se les quiere integrar si nunca han pertenecido a ella?”. En países con altos niveles de pobreza y desigualdad como tenemos a lo largo de nuestro continente, ¿Cómo se promueve la integración social?

Es compleja la pregunta ya que por país vas a tener características distintas de acceso a una sociedad. A pesar de eso, hay ejes comunes como son, por ejemplo, la escuela, el empleo; todos los países y sociedades hablan de crecimiento en empleo y educación. Y estos grupos pueden acceder, al menos parcialmente, a cierto tipo de educación y a cierto tipo de empleo.

Lo que yo descubrí es que este tipo de educación formal que quiere dar un Estado, cualquier Estado que sea, muchas veces no corresponde a las posibilidades de educación que pueden tener estos jóvenes: sea porque no terminaron la escuela, sea porque los corrieron, sea porque no les gusta lo que les enseñan, sea porque no sienten útil la información que están recibiendo. Hay muchos elementos por los cuales el sistema como tal no va a responder a sus necesidades.

Entonces la pregunta del investigador, en mi caso, es si el sistema no está logrando integrarlos al sistema educativo, ¿esto quiere decir que no quieren aprender cosas? La respuesta es: por supuesto que sí quieren aprender cosas, pero, ¿qué cosas quieren aprender?, ¿qué cosas necesitarían aprender para poderse integrar de alguna manera en esta visión de escolaridad que tiene el sistema? Y ahí es que el trabajo que realizamos va buscando diferentes formas educativas, diferentes formas de aprendizaje que pueden ser prácticas, útiles, que pueden disfrutarlas y que pueden ser un proceso de formación educativa para sí mismos que puede incidir en su manera de interacción social.

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En este contexto en 1987 surge el Circo Volador, proyecto que diriges, ¿de qué se trata?

El Circo Volador surge después de una primera etapa de investigación. Cuando el gobierno contrata a la universidad para que realizáramos un diagnóstico de la juventud popular y de las pandillas, nosotros entregamos un estudio. El asunto es que aparecían dos millones y medio de jóvenes en situación de mala educación, mal empleo, malas relaciones familiares, y ausencia total de integración a la cultura y a la institucionalidad pública.

Cuando entrego el resultado y les dije que el problema de la violencia por el que me contrataron da estas hipótesis, y son dos millones y medio de jóvenes en esta situación y van a estar peor después, entonces a partir de ahí me dijeron inventa algo, ¿no? Inventa una estrategia de cómo poderse acercar a estos grupos y saber qué otras cosas se pueden hacer.

De ahí surge el Circo Volador, para buscar un mecanismo para poder acercarse a ellos donde no fuéramos los otros sino que permitiera abrir posibilidades de intercambio de información. (…) No teníamos un modelo metodológico, no teníamos más que el afán de acercamiento. Antes de trabajar con ellos en la calle íbamos a hablar con sus mamás, con los empresarios locales, con la iglesia, explicar que estábamos trabajando con ellos y queríamos hacer cosas que no terminaran en hechos de violencia y que nos permitieran encontrar las habilidades de esos chicos. Durante cuatro años y medio empezamos a juntar información: audios, discos, textos, fotografías, hasta que teníamos tal cantidad que podríamos hacer una primer muestra de los chavos-banda y de sus habilidades y potencialidades. Hicimos una primera exhibición con sus fotografías, contextualizadas, y todo eso nos fue dando legitimidad con los grupos, con dos elementos básicos: tolerancia y respeto, de nosotros para ellos y de ellos para nosotros.

Un estudio acerca de los Ninis (jóvenes que ni estudian ni trabajan) que publicó este año el Banco Mundial dice que el perfil típico del Nini en América Latina es una mujer que no ha terminado la educación secundaria y vive en un hogar urbano pobre o vulnerable. ¿Concuerdas con que las mujeres jóvenes viven mayor exclusión que los hombres jóvenes? ¿A qué se debe y cuál ha sido la experiencia del Circo Volador con las mujeres jóvenes?

El término de Ninis es inventados por los juvenólogos y los juvenólogos se la pasan sacando estadísticas y midiendo quiénes participan y quienes no. Yo soy el lado opuesto de un juvenólogo pero cuando leo las estadísticas y veo lo que sucede en las comunidades veo que la presencia de las mujeres siempre es distinta y siempre es marcada por la exclusión, la violencia y dependencia. Las mujeres tiene una mayor necesidad de salir adelante sobre las costumbres que tienen las comunidades para poder trabajar e integrarse de una forma distinta.

Me acuerdo cuando empezamos a trabajar sobre el tema de las pandillas y la violencia, éste era un fenómeno básicamente machista, en un 90% y las mujeres que trabajaban eran tratadas como trapeadores, como si no existieran. Sin embargo, hoy, años después, creo que hay más mujeres que hombres en el Circo Volador, lo cual me parece magnífico.

¿Cuáles crees tú que son las causas urgentes de la pobreza juvenil a lo largo de nuestro continente?

Hay un punto primero que es el proceso de estigmatización, una enorme estigmatización sobre los jóvenes, y más sobre los jóvenes que tienen cierto tipo de vestimenta, tatuajes, cierta forma de pintarse. Creo que una de las primeras luchas es frenar esos estigmas, esas agresiones permanentes que existen, los jóvenes pobres son frecuentemente perseguidos, padecen lo que yo llamo “portación de cara”, los detienen por “portación de cara”. La única manera de frenar la estigmatización es darle un espacio, mostrar lo que están haciendo e integrarlos, tomar esa cultura de los jóvenes y entender que son parte de nuestra sociedad.

Pero no sólo eso, se necesita una nueva forma de integración laboral, una nueva forma de integración educativa. Esta educación y este empleo se pueden mejorar si conoces las características sociales y culturales de cada sociedad.

Puedes descargar “La sociedad de la basura” aquí:
http://www.revistas.unam.mx/index.php/cns/article/view/11153

Puedes descargar “Pandillas, jóvenes y violencia”, aquí:
http://www.scielo.org.mx/pdf/desacatos/n14/n14a6.pdf

Charla “Jóvenes: contra el estereotipo de la violencia” en Flacso, México