Es un mal endémico de nuestros tiempos. Millones de niños y adolescentes de todo el mundo dedican gran parte de la jornada en labores como la recolección de basura, reparación de calzados y trapos o, simplemente, pidiendo “limosna”. ¿Y la escuela? No hay espacio para ella. Es por lo anterior que la OIT estableció el 12 de junio como el “Día Internacional contra el Trabajo Infantil”. El objetivo era crear conciencia en la población y, por lo mismo, se desarrollaron actividades en todo el planeta. Patricio López, voluntario de América Solidaria en Lima, participó en una de ellas. Aquí nos cuenta su experiencia.
Los habitantes de la capital del Perú estaban sorprendidos. El acostumbrado paisaje repleto de menores limpiando parabrisas, vendiendo caramelos y ofreciendo cualquier tipo de productos había sido modificado. Ahora, eran los adultos quienes cumplían las tareas de estos niños.
“La marcha o intervención consistió en realizar actividades que usualmente hacen los menores y cuyo objetivo era lograr la atención de los medios. Además, la idea era sensibilizar a la sociedad sobre lo nocivo de este problema y la importancia de la educación”, cuenta Patricio López antropólogo de profesión.
Es que Perú posee una de las mayores tasas de trabajo infantil en América Latina y el Caribe. Según el Instituto de Estadísticas e Informática de dicho país son más de dos millones los pequeños que día a día se ganan sus soles para sumarlos al presupuesto del hogar.
Y éste es uno de los mayores inconvenientes. ¿Cómo convencer a una familia de escasos recursos, donde el dinero aportado por uno de sus hijos corresponde al 17% del ingreso total, que la mejor opción es que el pequeño asista a la escuela?
La marcha convocada por el Programa Pro Niño de la Fundación Telefónica tomó esta bandera de lucha. Su mensaje de campaña fue lo suficientemente claro: “Hombres trabajando, niños estudiando”.
“La recepción de la población fue muy buena. Nos dejaron subir a todas las micros. Además, los jaladores, quienes vocean los diferentes recorridos, y los taxistas pedían los volantes para dárselos a sus pasajeros”, agrega el antropólogo.
Patricio López conoce muy bien esta realidad. Como asesor de participación protagónica de los niños, niñas y adolescentes del Programa Pro Niño, le ha tocado observar cómo un gran número de pequeños que asisten a las escuelas de las zonas marginales andan hasta altas horas de la madrugada vendiendo dulces en los bares, donde “se acercan y te dicen ayúdame”.
El profesional de 27 años asegura que también ha sido testigo de las faenas que los menores realizan en las ladrilleras, donde pasan las jornadas caminando como arañas sobre los ladrillos crudos y aprovechando su pequeño cuerpo y poco peso para desarrollar esta labor mejor que los adultos. “Es un sistema de semiesclavitud. A cambio del trabajo de todos los integrantes de las distintas familias, se les permite construir inestables hogares en esos sitios. Además, la vida ahí no resulta placentera ya que se encuentran apilados unos sobre otros”, concluye López. Según un informe desarrollado por el voluntario son más de 8 mil los menores, de los 16 colegios de la ONG, que caen en este grupo.
Se tiene la tendencia a creer que este problema no nos atañe como región. Cuando se habla de los 280 millones de menores que trabajan en el mundo inmediatamente las miradas se dirigen a las naciones asiáticas y africanas. Sin embargo, los números hablan por sí solo.
En Chile son alrededor de 300 mil niños los que realizan distintas labores. Y, como es norma general en estos casos, lo hacen en circunstancias duras y difíciles: en la pequeña minería, en la agricultura y en ventas informales al interior de las ciudades. Por su parte, Bolivia aporta casi un millón de pequeños alejados de las escuelas, destinando jornadas completas en tareas calificadas como peligrosas. El gigante de Brasil no se queda atrás. Son casi cinco millones los afectados.
Una pregunta que suele estar presente cuando se habla de trabajo infantil es la siguiente: ¿Resulta siempre negativa?
La organización no gubernamental Save the Children es quien aclara este punto. “En algunos países del hemisferio norte los padres incentivan a sus hijos para que trabajen durante el verano. Sea repartiendo periódicos, cuidando a bebés, entre otras actividades. Sin embargo, la diferencia radica en las condiciones de la labor ejercida y en la calidad de vida de los menores”.
Así, el trabajo infantil no tiene porqué ir ligado a la explotación, que es el verdadero problema que debe solucionarse.



























Muy interesante labor, mis mas sentidas felicitaciones.
Queridos amigos feliciataciones por estar presentes en esta dificil tarea y por conpartir su testimonio que nos vuelve a conectar con los temas mas importantes.. un abrazo