El abuso contra niños y adolescentes al interior de las instituciones educacionales de América Latina es un hecho. Así lo demuestran varios informes de organismos no gubernamentales del continente. Uno de ellos es “Violencia en la Escuela” de Plan Internacional, que dio a conocer la triste realidad que se vive al interior de las aulas de República Dominicana. Paulina Montoya, voluntaria de América Solidaria, ha sido testigo presencial de los aberrantes “mecanismos pedagógicos” utilizado por los profesores en los tres colegios de dicho país donde ella trabaja.
“Cuando los profesores me pegan en la cabeza voto sangre por la nariz y eso me da mucho miedo”. Aunque resulte trágico este es uno de los tantos testimonios de pequeños estudiantes que Tahira Vargas, antropóloga social y quien dirigió este informe, logró rescatar frente a la siguiente consulta: ¿Cuáles son los principales temores vinculados a la escuela?
Es que las aulas dejaron de ser un sitio donde los estudiantes se expresan y aprenden libremente y se transformaron en escenarios donde la violencia física, psicológica y estructural convierte a los niños en seres “sin voz”.
Según el estudio, que abarcó a seis escuelas primarias del sur del país caribeño, cuando los alumnos llegan tarde a clases, al conversar con un compañero o, incluso, si un pequeño no comprende el ejercicio escrito en la pizarra los docentes resultan ser lo menos pedagógicos posible.
Golpes con correas y varas, coscorrones en la cabeza y, además, denigrar al estudiante con expresiones descalificadoras en frente de todo el curso son pan de cada día al interior de las salas de clase.
Casi como una anécdota, Tahira Vargas cuenta que al comienzo de su investigación los maestros se inhibieron de realizar los abusos recientemente descritos estando ella presente. Sin embargo, con el correr del tiempo las expresiones de violencia se mostraron “frente a mis ojos”.
Paulina Montoya, voluntaria de América Solidaria, lleva más de dos meses capacitando a profesores de colegios que fueron parte del informe en base a una disciplina positiva, inserta en la campaña de Plan Internacional “Aprender sin miedo”. Según la educadora de párvulos la mayoría de los directores y docentes justifican estas agresiones y consideran que “sólo se puede hablar de aquello cuando se realiza con objetos cortantes o que dejen marcas”.
La marginación social en la que vive gran parte de los maestros en República Dominicana no ayuda a mejorar esta lamentable realidad. Sus bajos salarios, la ausencia de incentivos económicos y la carencia de medios para trasladarse hacia las diferentes escuelas originan un espiral de violencia sin fin.
Tahira Vargas lo explica de la siguiente manera: “La sociedad los excluye dejándolos sin libertad para acceder a capacidades que les permitan su desarrollo. Esta condición, a su vez, genera agresividad en las relaciones con los estudiantes, ya que cada día deben cargar con una tensión cotidiana”.
Como consecuencia los colegios dejan de ser un espacio educativo y se transforman en especies de cárcel donde los niños son constantemente reprimidos. Paulina Montoya asegura que los estudiantes terminan aceptando estos golpes “por que si hacen algo que al profesor no le agrada, está bien que les den manotazos para corregirlos”, originando así pequeños sin voz ni creatividad.
Aún más. Algunos padres justifican este mecanismo ya que es el mismo utilizado en sus casas para que los respeten. De hecho, según el informe “Violencia en la Escuela” la mayoría de estos alumnos vienen de hogares donde la violencia es parte del vínculo que se da entre los integrantes de la familia. Por lo que si se validan los golpes en este lugar, es claro que los niños verán en ellos algo “normal”.
Si bien estos testimonios corresponden a un estudio de las escuelas primarias de República Dominica, no resulta una realidad ajena para el resto de Latinoamérica.
Así lo confirma una de las conclusiones del último informe sobre el mismo tema para el continente elaborado por Unicef, Plan Internacional y Save the Children: “Se pone en evidencia la existencia de sistemas de aprendizaje institucionalizados en los que la violencia, el castigo corporal, la sanción psicológica y el acoso sexual en las escuelas y colegios son instrumentos cotidianos que se manifiestan en prácticas culturales de abuso hacia los niños, niñas y adolescentes al interior de las instituciones educativas”.


























Encuentro espantoso que hoy en día sigan existiendo estas prácticas por “profesionales de la educación”. Me da pena, angustia y rabia pero, por sobre todo, impotencia de no poder hacer nada: sólo leer este artículo y lamentarme. ¿Qué puedo hacer para ayudar? No quiero seguir leyendo notas como estos (que luego son noticia) y no hacer nada. Debe haber algo que una persona como yo, común y corriente, pueda hacer.
Soy profesora de niños pequeños y el tema me llega aún más. No puedo creer que existan personas que de verdad crean que están educando utilizando la violencia.
Esa es mi hermanita. Te quiero mucho Pau. Ojalá veas mi comentario.
Te Quiero Mucho. Belén.
Muy buen artículo, es decir, la investigación realizada… y a la vez qué lamentable… pero es una realidad que incluso no es tan ajena para nosotros. Aun en la sociedad chilena se violenta a niños y jóvenes, no sólo en escuelas, sino también en sus hogares. Y para qué hablar de la violencia psicológica… lo “no visible”… Creo que todos debemos y podemos aportar con esto, no sólo trabajando directamente en la temática, sino que criando a los hijos en base al respeto y la no violencia y no sólo a los hijos (para quienes los tienen) en nuestro actuar diario tenemos muchos patrones de conducta violenta (como las “celebraciones” por el triunfo de chile)… si nos tratamos con respeto iremos promoviendo una cultura no violenta, una cultura más amable.
Un saludos a todos!