Viven hacinados en habitaciones precarias, los ratones son visitas permanentes y se sienten tratados como ciudadanos de segunda categoría. El día a día de los inmigrantes que residen en Santiago, antes del terremoto que afectó al país la madrugada del 27 de febrero, resultaba denigrante. Ahora es peor.
Mira para todos lados. Confirma que nadie más la está escuchando y se lanza. Ahora no hay cómo pararla. Habla ininterrumpidamente por 5 minutos y se detiene. Escuchó un golpe de puerta. Puede ser el arrendatario…
La señora Berta (nombre ficticio), una inmigrante peruana que vive en la zona más afectada de la capital por el terremoto, tiene miedo. Debe abandonar la casa de 21 habitaciones que comparte con otros 80 compatriotas, debido a que ésta sufrió daños estructurales. El problema es que no tiene papeles y, por ende, prefiere quedarse en el lugar. “Pueden arrestarme por la situación en que me encuentro y por la forma en que entré al país”, concluye notoriamente afligida la mujer de 50 años.
El dueño de esta especie de conventillo no les facilita las cosas. Nunca lo hizo y ahora tampoco parece tener la intención. Hace 10 días se presentó para informarles que debían dejar el sitio, además, de aprovechar de cobrar el mes de marzo. “Intentamos explicarle que no teníamos dónde dejar nuestras cosas”, asegura Berta. Su respuesta fue concluyente: “Me importa un maní”.
Si previo a la catástrofe debían lidiar con el hacinamiento en sus precarios hogares, los problemas de higiene debido a la existencia de tan sólo 2 baños para casi un centenar de personas y el mal trato de una parte de la población. Actualmente, los inmigrantes peruanos, bolivianos, ecuatorianos y colombianos tienen que sumar una nueva prioridad: buscar dónde vivir.
Para Rosario Carvajal, vocera de la agrupación de Vecinos por la Defensa del Barrio Yungay, en las condiciones en que se encontraban “era lógico que ocurriera, era una situación que hace años denunciamos” y, según ella, nunca se hizo nada al respecto.
La gran mayoría de ellos habitaba en casas de adobe al interior del barrio Yungay. Las cuales no resistieron el sismo de 8.8 grados Richter del sábado 27 de febrero. Actualmente, los pedazos de barro seco y ladrillo adornan el interior de sus piezas como también la parte de afuera de lo que hace pocos días consideraban sus hogares. Lo acompañan grandes grietas en las paredes que parecen advertirles que lo peor está por venir. Y así parece ser…

Y verás como quieren en…
Hace más de una semana que Rubén Solano (nombre ficticio) está buscando casa. Es inválido y vive junto a su madre en el mismo cité que la señora Berta. “Al momento del terremoto un vecino botó la puerta, me tomó de los brazos junto con la silla de ruedas y nos ayudó para salir al exterior de la casa”, cuenta este hombre de 36 años cuyo rostro rasgado hace que pareciese mucho mayor.
El problema es que las viviendas que les están ofreciendo son las mismas que fueron deshabitadas por evidentes problemas en sus estructuras y, además, a precios mayores de los habituales. “Yo pagaba 65 mil pesos sin contar luz y agua. Todo lo que he visto está por sobre los $100.000”, confirma este ciudadano peruano cuyo oficio de cuidador de autos no le permite semejante gasto.
Tal como la mayoría de los inmigrantes, antes sólo pensaba en conseguir el dinero suficiente para comer y pagar el arriendo. No siempre lo lograba. Sin embargo, en esos momentos se hacía presente la solidaridad entre los vecinos. “Mi sueño es trabajar donde tenga contrato y un buen sueldo”, cuenta Raúl.
No es sólo el suyo sino la esperanza de todos ellos.
Así también, lo ratifica Berta quien se encontró con otro tipo de inconveniente. “A peruanos no arrendamos ahora sólo chilenos”, es la frase que le repitieron cuando buscaba un nuevo hogar en la zona de Pajaritos. Lo cual, se suma al trato vejatorio recibido por parte de algunas personas: “Después del temblor fui a comprar pan y una mujer me trató de peruana rota, por qué no me iba para mi país, que le quitábamos la poca comida que queda acá”, asegura la mujer totalmente apesadumbrada.
Eso sí, tanto la señora como Rubén son enfáticos en señalar que la mayoría de la ayuda ofrecida y entregada proviene de sus vecinos chilenos y de determinadas organizaciones sociales. Por lo cual, “estamos sumamente agradecidos con la gente de este país”.

El problema de la ayuda
El Hogar de Cristo, el Instituto Católico Chileno de Migración (Incami) y el Servicio Jesuita a Migrantes son las instituciones que han liderado la entrega de ayuda a los más de 2000 inmigrantes de la capital que se vieron damnificados por el terremoto.
Los principales servicios de asistencia son voluntarios en terreno, donación de alimentos y el recorrido de unidades médicas por los puntos más urgentes. Además, se dispuso de un albergue tal como lo replicó, días después, la Municipalidad de Santiago en el Estadio Víctor Jara.
Sin embargo, este último punto no ha funcionado. En la locación ubicada en el Hogar de Cristo sólo llegaron 40 personas por día. Mientras tanto, en el ex Estadio Chile se contabilizaron 36 individuos cada jornada. Y todos eran ciudadanos chilenos. ¿La razón? Se puede entender por dos motivos.
Por un lado está la inquietud de dónde dejar las pertenencias que durante años de trabajo lograron acumular.
En la esquina de Avenida España con Toesca, Elvis Salazar instaló una carpa donde vive con su esposa y sus dos hijos pequeños. Uno de tan sólo 6 meses de edad. Junto a ellos, otras tres familias peruanas se establecieron en el mismo sitio. Llevan 14 días viviendo en la calle a la espera de poder solucionar el dilema habitacional.
Este artesano de calzados es enfático en afirmar que no abandonará este lugar a pesar de las condiciones en que se encuentra debido a que “no quiero perder mis bienes”. Asegura, que si se va a un albergue el arrendatario de su departamento es capaz de “venderlo todo”. Y no está dispuesto a correr ese riesgo: “Nos quedaremos en la calle hasta que encuentre otro lugar dónde vivir y pueda llevar mis cosas”.
No le urge esperar. Desde que llegó al país, en el año 2000, son reiteradas las oportunidades en que ha tenido que partir de cero: “una vez me estafaron con una casa y luego con un negocio. En ambas perdí todos mis ahorros”.
Elvis está seguro que se levantará nuevamente junto a su familia y agrega que “todos mis compatriotas vienen con el objetivo de tener una mejor vida. Trabajando duro es la única manera de obtenerla”.
La misma postura han tomado cientos de inmigrantes. Tanto en la plaza Yungay como en otros puntos críticos de Santiago se observan pequeñas comunidades establecidas con carpas y toldos, cuya única intención es estar cerca de sus ahora inhabitables casas.
El otro motivo se explica por la preocupación de aquellos que se encuentran indocumentados en el país.
A pesar de la insistencia de las autoridades de que no serán deportados, ellos prefieren seguir en las sombras. No se arriesgan y evitan ser parte de un catastro que los identifique como “sin papeles”.
Es la vida post terremoto de aquellos que previamente se encontraban en un constante sismo social. Son las víctimas invisibles de esta catástrofe. Quienes toman esta tragedia como una oportunidad para que tanto los personas encargadas de tomar decisiones y la sociedad civil centre, por fin, sus ojos en las denigrantes condiciones en la que se hallan.

































16 mar, 201010:45 pm
Agradezco el reportaje, ya que siempre es necesario informarse de las distintas realidades.
Lamento tanto la situación de los inmigrantes, y siempre me pregunto qué tan malas condiciones habrá en sus países para que vengan acá a vivir en esas condiciones tan mínimas y a ser tratados tan mal.
Sólo espero que puedan salir adelante, sobre todo por los niños de esas familias quienes son los más inocentes.
9 jun, 20109:14 pm
Lamentable situación que pone en evidencia la sombra en la que viven los inmigrantes en este país. Debiese haber un llamado definitivo similar al de años anteriores para legalizar a los indocumentados, al menos así, se podría trabajar mejor con los que están ahora afectados, aunque eso no evite la inmigración informal más adelante…