Esperanza cubierta en sábanas de lino

Publicado: 15/02/10

Gonzalo fue uno de los tantos voluntarios de América Solidaria que el año 2008 partió con destino a Puerto Príncipe. Luego de 6 meses de labores regresó a Chile cargado de ideas para seguir ayudando a la población de este país caribeño. Es por ello que frente a la delicada situación después del terremoto no lo pensó dos veces, armó sus maletas y volvió a Haití con AS. Este es el testimonio de un regreso cargado de esperanza.

Por Gonzalo Infante (matrón)
Voluntario AS en Haití.

El regreso fue tal como la primera vez: un aterrizaje tranquilo, el golpe de calor intenso como bienvenida y la humedad típica del Caribe que te pega las ropas al cuerpo.

No podíamos ver nada más allá de los aviones asentados en el aeropuerto. La oscuridad de la noche era implacable. Al día siguiente montamos una camioneta hacia Cafoj, el seminario que nos acogería en esta oportunidad. Mi primera impresión fue de normalidad y sorpresa al ver a un señor haitiano trotando con el rocío de la mañana. Sin embargo, a poco andar una enorme casa totalmente destruida adornaba las calles que a esa hora se encontraban aún expeditas.

Durante el viaje pasamos por el costado de un improvisado campamento. Levantado a partir de sábanas rasgadas por el tiempo estaba colmado de gente, niños corriendo y madres observando con miradas atentas. Sin servicios básicos y carente de luz como hace bastante tiempo, eran muchos los pequeños que se ubicaban alrededor de una señora cocinando en esas ollas grandes y comunitarias que siempre resultan ser solidarias.

30 minutos más tarde llegamos a la Klinik (centro de atención primaria) donde trabajamos hace 7 años. El “buenos días” podía ser también un “good morning”, “bonjou”, “bonjour” o “buongiorno”. Estaba llena de gente de los más diversos países. Seminaristas y monjas, cooperantes, médicos, educadores y haitianos trabajando desde la salida del primer rayo de sol. Lo más interesante de esta torre de babel eran los profundos deseos de ayudar a este país del Caribe.

Durante la tarde llegó el doctor Gordon Krauss, el cual inició la misión médica en Haití con América Solidaria, acompañado de un equipo de 15 especialistas estadounidenses. Atiné a decir “Welcome” y los vi pasar a mi costado con un esbozo de sonrisa. Al día siguiente, arribaron dos containers enormes llenos de medicamentos. Entre todos descargamos la ayuda con energía, un poco de fuerza y una que otra carcajada.

El inicio del trabajo en el centro fue arduo: atención médica, el regreso de las embarazadas y la planificación con la hermana Ana Patricia y el doctor Gordon. Paralelamente los médicos estadounidenses armaron un pabellón quirúrgico en una par de horas. Sin distinguir mérito académico ni experticia profesional nadie dudaba entre barrer o disponer las manos para algún procedimiento complejo. Seguíamos sumando energía colectiva.

Con Arturo fuimos al sector de Bati Kay. No había casa sin daños. Algunas en el suelo y otras con sus cimientos debilitados. Las personas se encontraban bien y con esperanzas de salir adelante. Sin embargo, el temor de dormir nuevamente bajo un techo enclenque permanecía intacto.

Volvimos a ver a Alexan. Un pequeño que después de haber tenido una herida en una pierna y posteriores curaciones había mejorado totalmente. Estaba más alto y alegre. Como todas las veces que bailó al ritmo del rap haitiano con quienes vivieron en nuestra casa de ese país.

Luego de recorrer una serie de hogares me quedo absolutamente mudo.  Observo una niña de unos 4 años cargando a su hermanita. La madre dormía al costado de la casa rodeada de otros pequeños. El amor y valentía de estas personitas de ojos saltones permanece increíblemente inalterado.

El día martes nos dirigimos a La Ville, la parte central de Puerto Príncipe. El lugar más afectado por el sismo. La congestión hace la ruta intransitable. Luego de un vertiginoso viaje de más de una hora llegamos a dicho sitio. El palacio de Gobierno (réplica del que existe en Versalles)  estaba reducido a ruinas. Por lo mismo, la plaza contigua a este edificio se había convertido en una pequeña metrópoli donde, eso sí, predominaban las carpas y algunos toldos que resguardaban a las personas.

El comercio seguía vigente. Las motos taxi  trabajaban con normalidad y, justo en ese momento, pasó un furgón a mal traer con parlantes incluidos. El cual difundía un mensaje con mucho ritmo para enseñar el uso correcto del agua. Las emociones se agolpan en mi corazón. Pegándose de manera más potente al cuerpo que la ropa al momento de volver a Haití.

Subimos un poco más y la imagen no cambiaba. Todo estaba por los suelos: colegios primarios, secundarios, escuelas básicas, casas, negocios. Absolutamente todo. Grandes montañas de escombros reunían a las familias que buscaban a los suyos. El hedor de los fallecidos enterrados se sentía con fuerza. Contengo las lágrimas y me vuelvo a preguntar una y otra vez: ¿Por qué?

Observo a mi alrededor y a pesar de todo sigo descubriendo sonrisas, atrapadas en grandes y enormes dientes blancos de niños y gente adulta quienes entienden que sólo Bondieu sabe el porqué de esta catástrofe.

De vuelta en la Klinik nos juntamos con otros voluntarios, que agotados por la jornada laboral se suman en la siguiente reflexión: ¿Cómo podemos ayudar y trabajar mejor?

Con el pasar de los días llega Esmeralda Cherie. Una niña que después de meses de arduo trabajo inserta en el programa de desnutrición logra ser dada de alta. Camina firme y se ríe. Es la alegría de las pequeñas grandes cosas del lugar.

Los médicos estadounidenses operan pacientes que en años anteriores tendrían que haber albergado sólo la esperanza. Son tipos amables los “gringos”. Dispuestos al sacrificio y acompañados por las fotos de sus esposas, familias e hijos. Son y somos parte del equipo en la Klinik.

Amigos, hay mucho que contar pero aún más por hacer.

Cada día es una mezcla de emociones, sensaciones, sentimientos, olores, colores. De todo un poco. Hay horas de llanto y tristeza pero son más las de esperanza. Esa que hoy se levanta en aquellos campamentos de sábanas de lino.

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4 Comentarios

  1. Constanza Cifuentes

    a pesar de todo, el pueblo haitiano sigue sonriendo…es hermoso saber que existen personas que pueden ayudar y que van con un gran corazón a realizar esta tarea…bendiciones y felicidades para el sr. Infante, además de mil gracias. Espero poder estar en un par de años trabajando con usted, en ese hermoso lugar con esa hermosa gente…
    Jah Bless

  2. Pame

    Gracias x compartir tus vivencias y sentires en este renacer de un pueblo y su gente linda…es como caminar contigo y ver juntos lo que ahí sucede…con una mirada conmovedora, digna y esperanzadora… Abrazos apretad@s !!

    Pame ;-)

  3. Diana González Ossio

    Si escribes con el alma lo que ven tus ojos, es que existe un Dios que te te dió el don de hablar por los demás. A nombre de los que sienten también contigo la alegria de cambiar el mundo …!!gracias! !! con amor Diana

  4. teresa

    quiero ir
    me llego al alma tu historia
    hablas de los niños, yo trabajo con niños, soy kinesiólogo, y de ellos he visto siempre una gran fuerza de voluntad
    gracias por compartir tu vivencia

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