Bitácora de una catástrofe: Cinco días en la caída de Haití.

Publicado: 01/02/10


Leonardo Parada es médico, y llevaba seis meses trabajando como voluntario de la fundación América Solidaria en Haití. Le quedaba una semana de trabajo cuando el país fue azotado por un terremoto. Esta es, en sus propias palabras, la historia de cómo armó una verdadera clínica a la intemperie en medio de la tragedia, y trabajó casi sin dormir ayudando a los sobrevivientes.

Por Leonardo Parada, publicado en la Revista El Sábado (23 de enero de 2010)

Martes 12 de enero: El terremoto.

Llevaba seis meses trabajando en Haití. Los voluntarios de América Solidaria vivíamos en una casa grande, en un sector semi rural a las afueras de Puerto Príncipe. Ese día el otro doctor que trabajaba conmigo, Fernando Álamos, estaba de vacaciones fuera de la ciudad, así que estaba sólo con Pía Chieyssal, que es dentista. Éramos los únicos blancos del barrio. Vivíamos además con dos hermanos haitianos, Fortune y Natela, que trabajan con la fundación hace años: él ayuda con la seguridad y las compras, y ella es casi una mamá; ayuda con la cocina, con el aseo general y nos ayuda con el idioma y la inserción en el mundo haitiano.

Me había despertado alrededor de las seis de la mañana, como siempre. Ese día tomamos desayuno con Libe Narbarte, una chilena-española que coordina nuestro trabajo allá en la Fundación, y Paula Figueroa, una voluntaria antropóloga que volvía ese mismo día a Chile. Alcanzó a tomar el avión cerca del medio día.

Luego de despedirme de ella, partimos con Pía a trabajar a la Klinik, nuestro consultorio, que quedaba a 25 minutos caminando en una comuna que se llama Croix des Bouquets, donde trabajábamos junto a una congregación de monjas colombianas. En el consultorio, me cambié de ropa y fui a hacer el triage, la ronda para determinar qué pacientes atendemos. Allá es tal la demanda que seleccionamos a los pacientes según gravedad, no por orden de llegada. En general los pacientes llegan con infecciones dermatológicas, neumonía, enfermedades de transmisión sexual, asma. En los niños generalmente son resfríos, síndromes febriles. Hay mucha diarrea, porque las condiciones higiénicas son pésimas, la gente cocina con agua de pozo, no hay recolección de basura, no hay baños. Yo además manejaba un programa de desnutrición infantil.

Ese día era además el único doctor atendiendo, así que fue súper agotador. Salimos tarde del trabajo y estábamos cansados, así que decidimos con  la Pía saltarnos nuestra clase de francés de los martes, en el centro de Puerto Príncipe, y partir en vez a la casa a estudiar para un examen del curso. Almorzamos y dormí 20 minutos. Empezamos a estudiar como a las 4:30 de la tarde en el living. Natela, la haitiana que vive con nosotros, llegó más temprano que lo  normal ese día, así que nos pusimos a conversar los tres.

Y empezó a temblar. Todavía estaba claro el cielo.

En Haití no había habido un terremoto fuerte hace 200 años, pero se sabía que tenía que haber uno. A los dos meses de estar viviendo allá, mientras estaba estudiando estadísticas de salud, me topé con un informe de la UNICEF que hablaba de distintas catástrofes naturales posibles; decía que había pasado demasiado tiempo sin un terremoto en Haití, país que está encima de una falla. Pensé que cómo me iba a tocar a mí.

Así que cuando empezó a aumentar la fuerza del temblor, pensé inmediatamente: éste es.

La Pía reaccionó rápido y salió de la casa rápidamente. Yo quería salir, pero la Nate no entendió lo que estaba pasando, estaba estática. Le empecé a decir: ¡Sale! ¡Sale! No reaccionaba, así que la empujé y la saqué de la casa.

Nos quedamos afuera los tres. Costaba mantenerse en pie. Nos abrazamos hasta que terminó. Hubo un silencio y luego se empezaron a escuchar muchos gritos.

A nuestra casa no le pasó nada, pero los cercos se cayeron. La calle que era de piedra ahora estaba cubierta por bloques de cemento. Más allá había una casa encima de un auto. Otra se había caído. La casa del lado estaba hundida. Hablamos con los vecinos, no había nadie herido.

Entré a la casa y estaba todo en el suelo. Se habían caído los libros, las sillas, el televisor, el refrigerador se abrió y se cayó todo lo que estaba adentro, todas las botellas estaban en el suelo rotas. Tomé mi cámara y decidí que lo tenía que registrar. Son las únicas fotos que tengo del terremoto.

Tratamos de empezar a llamar a nuestros amigos y ningún teléfono conectaba. Nos quedamos afuera de la casa por miedo a réplicas, las que se sintieron de inmediato.

Sonó mi teléfono y era Fernando desde Cabo Haitiano. Le conté que estábamos bien, y le pedí que llamara a la Fundación en Santiago y avisara que no nos pasó nada. Él alcanzó a comunicarse por internet con su polola, que avisó a Chile. Pudimos hablar con un par de amigos más.

Tiramos un par de colchones en el patio y nos quedamos ahí sentados esperando. Prendimos la radio y nos enteramos que se había caído el Hotel Montana, el supermercado más grande, la catedral, el palacio de gobierno. Ahí pensamos: se vino Puerto Príncipe entero abajo.

Nos llegó a pedir ayuda una vecina de 12 años, a la que le cayó un bloque de cemento en la cara, pero no tenía nada más que una hinchazón grande. Le hicimos una curación y se quedó con nosotros. Con cada réplica la gente se ponía a gritar.

Como a las 9 de la noche un vecino nos vino a pedir ayuda, ya que había unas personas que necesitaban atención médica. Yo no tenía muchas cosas, en la casa tenemos un botiquín como el de cualquier casa, con la excepción de que tenía guantes. Me los puse y partimos con linternas.

Había dos personas en la parte de atrás de un tap tap, unas camionetas que funcionan como micros en Haití. Era una mujer que tenía la cara destrozada absolutamente, una fractura expuesta de un brazo, los huesos estaban afuera. Estaba súper grave. La otra era  una embarazada de seis meses, con fracturas en las piernas, una expuesta. Y tenía signos de un neumotórax, de que un pulmón se había roto. Eso podía provocarle la muerte si no la atendían rápido. Yo no podía hacer nada.

La calle estaba llena, todos gritando por ayuda. Le expliqué al marido de la señora que no tenía herramientas, y les pedí que las llevaran a un hospital rápido. Me explicaron que habían ido ya a cuatro, y estaban cerrados, estaban llenos. Igual se fueron súper agradecidos.

Llegó una de las hermanas con las que trabajábamos a buscarnos urgente, porque había llegado mucha gente hasta la Klinik. Fui a buscar mis cosas, me puse zapatillas, y tomé la cámara fotográfica. Pero una vez en el consultorio, fui incapaz de sacar fotos.

Nos fuimos por el camino de todos los días, pero ahora estaban todas las casas en el suelo. Iba tranquilo, pero pensaba: ‘Esto no puede estar pasando’. Hasta entonces se veían cambios en Haití, el país de a poco iba progresando. Y con esto volvía a cero.

Llegamos a la Klinik, que está en un recinto grande, con una cancha de fútbol, un seminario religioso, la casa de las monjas y un centro de conferencias. Estaba lleno de gente.

Me fui a cambiar y busqué mis instrumentos. Las hermanas habían trasladado de la farmacia lo que servía de material de curación a un banquito en el patio. Me puse los guantes y empecé a atender. En general eran fracturas, muchas expuestas, otras cerradas, hemorragias que había que tratar de frenar, manejo del dolor, muchas heridas de cabeza, desforramientos de cuero cabelludo.

Pía es dentista, pero en ese día se convirtió en doctora. Se dedicó mucho a atender traumatismos craneanos, porque ahí tiene más experiencia. Se instaló a hacer suturas. Lo que yo hice fue empezar a hacer el diagnóstico. Fue un poco caótico al principio, había demasiada gente. Después pensé que tenía que ordenarme; a los médicos nos enseñan a ordenar a los pacientes en emergencias con distintos códigos de urgencia, pero como ahí nadie más los conocía, agarré post-its, y escribí el diagnóstico y el tratamiento. Fui pegándoselo a todos los pacientes en la cabeza o en el pecho.

Llegaba y llegaba gente. A todos los diagnosticaba, mientras la Pía seguía como loca suturando. Estábamos trabajando con una enfermera suizo-francesa, Caro, que se encargó de la administración de medicamentos, de ponerle suero a algunos pacientes con hemorragias.

Trabajamos hasta como las cuatro de la mañana, cuando se cortó la luz. Había mucha gente que perdió su casa y llegó a dormir a la cancha de fútbol.

Con Pía y Caro nos quedamos sentados afuera en unas sillas de plástico, tapados con una sábana porque hacía bastante frío, y cada cierto tiempo íbamos a revisar a los pacientes más graves. Dormimos una hora.

A las 6 empezó a salir el sol y empezamos a trabajar.

Miércoles 13 de enero: El hospital

Partimos con el mismo ritmo de herida-sutura-fractura. Ahí empezó a llegar más gente y también vimos los primeros signos de ayuda: Llegaba gente a buscar a sus enfermos en una camioneta, y aprovechaban de llevarse a todos los que cabían. Otros venían  a ofrecer sus autos, para llevarse a los más graves a un hospital.

Seguimos toda la mañana en lo mismo. No habíamos comido nada desde el almuerzo del día anterior, pero la adrenalina funcionaba y no teníamos ni hambre. Empezaron a llegar las heridas infectadas, llenas de pus. No las podíamos suturar, así que las limpiamos y empezábamos con antibióticos. Las hermanas agarraron una camioneta y se trataron de llevar a los enfermos graves a algún hospital.

Se murió sólo una persona ahí, ese día. Era un caballero que llegó con una herida en la cabeza y se veía en mal estado, al examinarlo creo que lo más probable es que haya tenido un traumatismo abdominal, una hemorragia interna. No había nada que hacer. Se murió y la familia lo dejó ahí.

Seguimos trabajando toda la tarde, y a las cinco llegaron las hermanas que habían salido a buscar un hospital para los enfermos graves; traían a todos de vuelta.

Entonces dije ‘Ok, si no hay hospital, a esto lo transformamos en hospital’.

Empezamos a colocar sillones en el patio, personas acostadas en lonas en el pasto, hospitalizadas. Agarré una hojita y de nuevo, anoté diagnóstico, tratamiento. Empezamos a administrar antibióticos endovenosos y medicamentos para el dolor. Yo iba dejando las indicaciones y la Pía y la Caro las iban haciendo. Teníamos como 10 o 15 pacientes hospitalizados ahí en el patio, y teníamos que tratar de mantenerlos sin shock, sin infección, sin dolor, porque lo que necesitaban eran cirugías de amputación.

Seguíamos incomunicados, pero a Caro, la enfermera, le funcionó su celular y con eso le mandé un mensaje de texto a mi papá y otro a mi mamá, que decía ‘Hola, estoy bien, quédense tranquilos, no me pasó nada. Los quiero’.

Instalamos colchones en el patio, y ese día dormimos más. Como tres horas.

Jueves 14 de enero: La seguridad

La mañana siguió en el mismo ritmo. Las hermanas volvieron a tratar de llevarse a los pacientes y comenzó a disminuir la gente. Como a las 11 de la mañana, sin mucha más gente por atender, aprovechamos de ir a ver la casa.

Logramos tener internet. Empezamos a ver los diarios, a ver las imágenes que hasta entonces no habíamos visto. Mostraban también que venía ayuda, que venían médicos, me enteré que venían amigos míos, que estaban mandando medicamentos. Pensé que me podía integrar a ese equipo, porque por donde estábamos ya no había mucho más que hacer.  Pude llamar a mis papás y a mi hermana por Skype.

El comentario de toda la gente era que estaban empezando los robos, la violencia, que se estaban disparando en las calles. Ahí nos dio un poco de miedo. Yo en general tengo confianza con los haitianos, pero a la casa se le habían caído los cercos y en la desesperación de no tener comida ni agua, cualquier persona puede actuar de forma irracional. Todos sabían que en esa casa vivían blancos, y los blancos en Haití son sinónimos de dólar. Me pude comunicar con Libe, que estaba en la embajada chilena. Estaba tratando de ver cómo coordinarnos, lo mismo con la Fundación en Santiago. Nos dijeron que fuéramos a la Klinik, y que eventualmente nos irían a buscar de la embajada, así que armamos unas maletas con pocas cosas para irnos a dormir con las monjas.

Nos llegaron a buscar las monjas en auto, y le dije a la Nate: “Me voy por un par de días hasta que esté todo más ordenado, nos vamos a volver a ver”. Y no nos volvimos a ver.

Llegamos tipo 7 de la tarde a la Klinik. Siguieron llegando un par de heridos, se les hizo aseo, les di antibióticos y les dije que fueran a un lugar donde pudieran hacer cirugías. Esos días supongo que atendí como a 200, 250 personas.

En la noche dormimos más. Pero estábamos acostados en la habitación, cuando las hermanas nos llamaron y nos dijeron que nos encerráramos con llave porque entraron personas tratando de robar. No pasó nada, las pillaron y las sacó el guardia, pero con eso nos dimos cuenta de que la gente se estaba empezando a desesperar y sabían que teníamos comida. De nuevo los teléfonos no funcionaban, pero nos entró una llamada con la gente de la Fuerza Aérea. La francesa logró comunicarse con su familia, y ellos llamaron a su embajada. Esto fue a las 4 de la mañana, y a las 6 llegó la policía francesa a buscarla. Un poco más tarde llegó la gente de la Fuerza Aérea de Chile.

Viernes 15 de enero: La ayuda

Partimos camino hacia la base militar que está al lado del aeropuerto de Puerto Príncipe, y empecé a ver por primera vez las imágenes de la ciudad devastada.

No había muertos en las calles, habían sacado la mayor parte. Sí había muchos autos tratando de salir por el camino hacia República Dominicana. Era loco ver a una gran cantidad de gente caminando, sin rumbo, con las vistas perdidas. No sé para dónde iban.

En la base militar había mucha gente trabajando. Y ahí comenzó la discusión: Estaba la opción de quedarme con el grupo de chilenos que llegó a trabajar, o volverme al día siguiente en un avión de la Fuerza Aérea. Yo quería quedarme, sabía que podía trabajar, pero había poca organización y todos nos decían váyanse, porque en este momento los civiles pueden generar más problemas, no hay seguridad.

Me encontré con mis amigos de América Solidaria. Me dijeron ándate, ya llegó gente de reemplazo, ustedes llevan la carga de 6 meses viviendo en Haití, más el millón de emociones de haber vivido el terremoto. La Pía estaba más afectada, ella tenía ganas de regresar. Yo lo único que esperaba era que alguien me dijera: Quédate acá. Nadie lo hizo. Todo el día estuve pensando que me quería quedar, pero sabía que volverme era lo más razonable, lo más seguro para mi y para el resto de los que estaban trabajando. Mis amigos nos dijeron vayan tranquilos y trabajen desde Chile. Ese fue el consuelo.

El viernes en la noche fuimos a trabajar a un hangar, donde se había implementado un hospital que estaba atendido por los médicos que llegaban de EEUU. Así que con los médicos del SAMU partimos para allá y estuvimos trabajando hasta  las 4 de la mañana. Nos dejaron como cuarenta pacientes a nuestro cargo. Había más recursos, pero igual era un desastre. Había médicos de Harvard, los más secos del mundo, y estaban con nuestro mismo sistema de papelitos en los pacientes; diagnósticos e indicaciones.

Sábado 16 de enero: La partida.

Al día siguiente me levanté temprano, tomé desayuno, arreglé mi bolso y disfruté de una ducha. Teníamos que esperar que el avión llegara de Santo Domingo, pero como ese día llegaba Hilary Clinton a Haití, no podía volar nada más en no sé cuántas horas. Los estadounidenses se preocuparon de arreglar muy rápido el aeropuerto, pero entra lo que ellos quieren.

El aeropuerto era una locura. Estaba lleno de carpas, de autos, de gente caminando al lado de la pista. Por suerte el avión aterrizó, cargamos y nos fuimos. Partimos como a las 11 de la mañana. Venía Juan Gabriel Valdés, la Subsecretaria de Carabineros, Leslie, la esposa del Cónsul, la Libe con su pareja, un italiano, y su perro. Venía además una galerista chilena y hartos militares. El avión estaba casi vacío. No vinimos conversando todo el camino. Llegamos a las 9 de la noche a Chile.

Me encontré con mis papás, y después con otros familiares que vinieron a verme. Esa noche me acosté como a las 3 de la mañana. Al día siguiente me despertaron y todavía tenía los anteojos puestos; estaba tan cansado, que ni me los alcancé sacar antes de quedarme dormido.

Me va a costar entender por qué estoy acá. Era mi última semana y media de trabajo, tenía mis pacientes regalones, mis niños desnutridos y tenía a diez para dar de alta, luego de año y medio de tratamiento. Era mi semana para despedirme y quedó todo botado. Igual estoy bien, con las pilas puestas, con ganas de volver apenas se pueda.


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5 Comentarios

  1. Pamela

    Leonardo: Leo tu vivencia y se me ponen los pelos de punta, a través de tu relato puedo lograr entender mejor la gran catástrofe que estan viviendo en Haití. Creo que lo que te ha tocado vivir, si bien es terrible por todo lo que están sufriendo allá, es muy valioso porque tuviste la oportunidad de ayudar con tan pocos recursos a Haitianos que tanto lo necesitan. Debe haber sido muy dificil para ti dejar a Haití, a todos tus pacientes y amigos en medio del caos, del dolor y quizás deseperanza, pero concuerdo con lo que te decían los nuevos rescatistas… tenían que llegar nuevas energías. Siempre esta la oportunidad de voler sobre todo con esa energía y pasión tan grande que transmites.
    Yo soy médico tb y estoy esperando mi oportunidad para poder servir a los que más lo requieren sin recibir más que una sonrisa o un abrazo a cambio. Tu relato me llena nuevamente de motivación principalmente por tu gran entrega.
    Te envio un abrazo y mucha fuerza. Gracias por compartir tu vivencia que es muy valiosa.

  2. Perla Susana

    Realmente me impresionó muchisimo tu testimonio, fuiste muy fuerte y por sobre todo muy entregado a tu labor, admiro tu amor y entrega a todas las personas de Haití..Que el Señor te bendiga x siempre y bendiga a Haití y cada uno de los hermanos que habitan en el, para que tengan fuerza y esperanza..Cariños Perla.

  3. Gabriela

    Que lindo pero a la vez duro testimonio. Demuestra todo el amor, la Voluntad y esfuerzo de trabajo que entregaste por tantos que lo necesitan…No tengo palabras, es muy emotivo…solo agradecer a todos los voluntarios, a la Fundación es una bellísima labor la que llevan a cabo y sin duda hay mucho por hacer…La situaión ya era compleja antes de este acontecimiento y se estaban dando pequños pasos en el avance por ayudar aesta NAción. Hoy el panorama es muy distinto, hay que partir de cero y muchos requieren de nuestra ayuda…Cariños y muchas Felicitaciones nuevamente y así como esperas volver pronto, yo tambien espero en mi área poder aportar y apoyar a tantas personas que ademas de una recostrución de casas, de apís, necesitan reconstruir sus vidas con mucho amor y esperanzas.

  4. Denisse

    Leo solo puedo decirte que te admiro muchisimo, me conmovieron tus palabras, es terrible lo que ha pasado, pero tu estuviste ahi, y ayudaste, eso es lo importante y lo mas valioso…Que Dios te bendiga…

  5. Carlos Johnson

    Leonardo: La verdad es que jovenes como tu y todos los de América Solidaria, son un ejemplo para la juventud de este páis, me siento orgulloso de Uds y de mi hija Odette, que estuvo con Uds y ahora esta en Tiraque, Bolivia, trabajando para hacer una América mas solidaria aún.

    Felicidades.

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