…Y partimos a Haití una madrugada de sábado en un avión FACH… cinco voluntarios, que ya nos habíamos empezado a hacer amigos, nos mirábamos con ansiedad, empezando a creer que era cierto…Mientras veíamos pasar nuestras dudas como nubes vaporosas que iban quedando atrás de porqué un trabajo voluntario en Haití o de porqué dejar a nuestras familias y amigos por 6 meses o más. Ya estábamos en camino, no sabiendo muy bien porqué, pero simplemente intuyendo que era lo correcto.
Al llegar a Puerto Príncipe, la humedad tropical y la impresión en medio de la oscuridad nos dejó con poco aire, pero la recepción acogedora de los voluntarios que venían finalizando su etapa, nos apaciguó. Día tras día fuimos descubriendo a los haitianos, compartiendo con ellos un pedazo de la vida, en el techo de la casa iluminados por las estrellas, enmarcado por un par de palmeras.
Para mí fue la oportunidad de compartir lo aprendido en un lugar donde nada es fácil; la vida es vulnerable y corta, en muchas ocasiones sin mucha proyección para muchos más que el día a día, a merced del ‘Bondieu’ (Buen Dios). En donde en gran parte del país los niños sobran y se come una vez al día. Pero a pesar de esto, que es lo que más se muestra en los medios de comunicación, es imposible no detenerse en sus sonrisas, calidez y batalla diaria a su manera, pues estos encandilan y opacan de sobremanera los recuerdos de basura, deforestación y caos.
No puedo negar que hubo ocasiones donde tuve miedo, mucho miedo de encontrarme inserta en una cultura tan distinta, más allá del idioma, de no entender lo que me trataban de decir, o de no leer los códigos de peligro en las calle. Y de pasar de la impresión a la rabia, pena y acostumbramiento de los ríos que traían sólo basura, o de los funcionarios corruptos de algún ministerio, forrados en anillos de oro mientras afuera una docena de niños mendigándole a los blancos o extranjeros.
Hay imágenes que marcan aún más, y esta es la fuerza de los intensos colores y música de una nación que lucha desde que nació con nobleza, por sobrevivir con alegría, a pesar de la injusticia, la corrupción, la inestabilidad política, la sobreintervención extranjera y los desastres naturales. El arduo trabajo diario de hermosas mujeres que a las 5 de la mañana ya vuelven balanceando un balde en la cabeza para proveer de agua a sus casas, acompañadas de sus pequeños hijos, cada uno cooperando a su medida, para después sentarse a vender un plato de arroz con porotos y cabrito o de algunas verduras cosechadas. Mientras los taptap (camionetas intensamente coloridas y musicales, condicionadas como buses) se van llenando rápidamente de gente que compite por subirse, sobre todo si ‘lapli ap vini’ (la lluvia vendrá) pues todo se complicará. Pero siempre están dispuestos a hacerle un espacio a algún blanco, para después preguntarle por curiosidad qué hace en un taptap y no en una gran camioneta. Inclusive de molestarlo, lo que te estremece, al sentirte juzgado. El ambiente se relaja cuando les muestras que te dejas mirar y estás con ellos, entiendes lo que hablan y compartes también su idioma, y finalmente los entiendes, terminando en una gran risotada de toda la gente del taptap. Luego te despides y te bajas en Croix des Bouquet, donde los artesanos trabajan sus metales hasta que la luz desaparece bajo plantaciones extensas del mangos…
En la consulta médica, la confianza con la que escuchan tus recomendaciones, sedientos de aprender. Cómo juntan lo que no tienen para hacerse los exámenes solicitados y vuelven esperanzados y orgullosos a mostrártelos, a compartir contigo que su hijo, al que no le dieron pecho por creencias distintas, con ese par de kilos de leche, medicamentos y taller de manejo de agua, recuperó un par de kilos de peso, empieza a caminar y está más apegada a él. O la gran asistencia a talleres educativos de salud para lo cual dejan de pensar en una necesidad inmediata, y miran a largo plazo. Y de las infinitas bendiciones y cariño con las que te pagan al finalizar una consulta médica…simplemente esa relación horizontal de entendimiento reciproco, que si se da entre dos personas, y más aún de distintas culturas, es magia.
También tuve la oportunidad de compartir el sueño de un mundo más justo y humano con un equipo de personas increíbles, que hoy son mi familia. Además de aprender que el trabajo en equipo de distintos profesionales y amigos es uno de los recursos más poderosos que he conocido. Y que tengo la suerte de seguir aplicando junto a muchos, a través del Programa de desnutrición infantil, manejado por los voluntarios enviados de América Solidaria y el equipo de “Leche para Haití” acá. Este programa fue creado como una respuesta, al entender la importancia de la desnutrición que además de aumentarles la morbimortalidad a muchos niños, les disminuye las oportunidades futuras, asegurando el ciclo de la pobreza… y descubrir que es un tema que le importa a mucha más gente de la que uno creería, gente que se conmueve, no se abstrae ni olvida y se atreve a darle nombre a esas caritas y empieza a trabajar por ellos, muchos sin siquiera haber estado en Haití.

Carolina Garcés
Voluntaria médico Haití 1er semestre 2009































