Hace más de cinco siglos se inició en América un proceso de transculturización (movimiento de continua absorción e incorporación cultural que genera una síntesis diferente de las culturas que le dan origen) en el que razas, lenguas, religiones, costumbres, cosmovisiones, sabores, ritmos, colores comenzaron a mezclarse ininterrumpidamente. Hoy es muy difícil encontrar un aspecto de la vida en el continente que no sea producto del entrelazamiento humano.
Por eso es casi imposible estar de acuerdo con la “leyenda rosa” o la “leyenda negra” del encuentro entre los aborígenes y los europeos. Ni hay tanto aprendizaje mutuo y generosidad en el empeño conquistador como recoge la primera leyenda ni fue sólo usurpación, sometimiento, destrucción. Claro que hay innumerables ejemplos de todo lo anterior y de otras muchas grandezas y pequeñeces.
Sin embargo, hoy estamos invitados a mirar la Historia con más matices y desde las contradicciones que vivimos en el presente. Nosotros, este puñado de “americanos fundados en la solidaridad” pretendemos aprender-haciendo el camino de la integración. Y para ello la inculturización (adaptación, habitualmente en el ámbito de la fe, a otra cultura) de los voluntarios y voluntarias es un proceso difícil, pero imprescindible. Proceso porque es un intercambio que implica tiempo y dedicación. Difícil porque requiere encuentro y diálogo con personas distintas y muchas veces distantes. Imprescindible porque sin inculturación vamos reproduciendo el enfrentamiento y no el encuentro entre personas y pueblos.
América Solidaria nos anima a trabajar al menos dos aspectos: la conciencia y el “ser y estar”. Conciencia porque el encuentro con otra cultura es el encuentro con la diversidad y con personas distintas a mí y a mi entorno habitual. Pero es también el encuentro con mi propia realidad. Se nos pide dialogar, pero si yo no reconozco mi identidad, atropello no dialogo. Nuestra apuesta es que podemos crecer en conciencia a lo largo de la experiencia de voluntariado si trabajamos la interiorización y autocrítica de nuestra propia cultura e identidad, si reconocemos nuestros propios límites. Porque la realidad a la que nos acercamos es diferente desde muchos puntos de vista, pero no es mejor ni peor que la que nuestra. Simplemente son distintas la geografía, el clima, los sonidos, la comida, los modos de vida, las relaciones sociales, los estilos de comunicación, el lenguaje y las palabras. Las personas con las que trabajamos o vivimos poseen “una mirada diferente” y tienen otros códigos que desconocemos, nos confunden o malinterpretamos.
Una mayor conciencia nos permite encontrarnos sin la necesidad de otro título que el de persona, extranjero y diferente. Encontrarse desde la atracción y el interés. Con la humildad que lleva al respeto y a la capacidad de sorpresa. Convencidos de que toda cultura es valiosa y que de toda cultura podemos aprender. La humildad nos permite ir despacio, sin dar lecciones e interviniendo con cautela. Vivir el esquema ver-juzgar-actuar. Es decir, dejando los prejuicios y los juicios en suspenso.
Y optamos por “ser y estar” porque ese camino da frutos más duraderos que el “hacer”. Es verdad que a veces el voluntario puede sentirse perdido y presionado por la urgencia de sacar rápidamente adelante el trabajo, por la impaciencia de cambiar las condiciones de vida o las situaciones de injusticia. Pero la gente que nos recibe nos pide también “perder” tiempo en compartir la vida. Recuerdo una señora que nos decía: “Aquí viene mucha gente a hacer cosas, pero lo que falta es gente que venga a estar con nosotros”. Vivimos en la cultura del hacer, orientamos la vida, la familia y el trabajo al tener, producir, prever y controlar. Pero el producto que nos piden los marginados y excluidos de este siglo es una joya de extraordinario valor: nuestro respeto y admiración. Nos piden que conjuguemos los verbos con ellas y ellos en plural y en tiempo presente y –sobre todo- en el del futuro.
Gastón González Parra
Coordinador de desarrollo institucional AS Chile
































3 nov, 20098:36 am
Soy persona, extranjera y diferente. MI hogar está construido desde la unión de dos culturas, dos países y dos continentes. Todos los días vivo el difícil e interesante proceso de no entender, y de aprender a relaitivizar mis certezas culturales, vivo el ejercicio del diálogo como encuentro de miradas situadas en lugares históricos y culturales distintos. Creo que merece la pena atreverse a”salir de la primera casa” (del primer pueblo donde naciste y te criaste) porque es posible el encuentro y construir juntos desde la diversidad el futuro, tal vez sea la única manera de que el mundo sea habitable para todos.
Quiero agradecer a la Fundación de América Solidaria por evidenciar y hacer posible el encuentro entre mundos y por ofrecer la posibilidad a muchos jóvenes de “ser” con otros muy distintos .